
Cuervo, el Mesías, con su ejercito fue a arrasar la ciudad humana. El capitán formó 20 poderosos batallones. Unos diez eran caballería pesada y lo otros diez eran guerreros con espada. Algunos llevaban ballestas. Todos llevaban caballos marrones y Cuervo también conducía un caballo, pero éste era de color negro. Era un corcel muy especial reservado para los Mesías guerreros.
La caballería pesada cargaba muchas armas y muy bien afiladas y bien trabajadas para el oficio de la guerra. Estos guerreros utilizaban con gran destreza las artes de la ballesta y la espada. Estuvieron entrenando desde la edad de cinco años hasta hoy en las escuelas de lucha de los orcos. Era un ejercito de verdaderos guerreros.
La super espada del gran Mesías estaba muy afilada, pero ésta estaba cubierta de una oscuridad maligna parecida a la de la capa negra.
Su ballesta tenía una precisión extrema, puesto que allí donde se apuntaba la flecha siempre acertaba. Las punta de las fechas que salían de ésta estaban impregnadas con un veneno cuyo secreto de curación estaba bien guardado entre los sacerdotes orcos. Si a un ciudadano se le calvaba en la pierna se moría al instante, porque el veneno circulaba por las venas con gran rapidez hasta alcanzar letalmente el corazón quemándolo y después de un gran sufrimiento para la victima, ésta explotaba.

Hacia el mediodía llegaron a un río cercano del lago rencor. Aquí un caballero pesado fue a beber su agua, porque tenía mucha sed. Otro guerrero fue a mirar el agua y descubrió que ésta se ponía de un color muy colorado: parecía sangre. Observó en su interior un tiburón que merodeaba peligrosamente. Sin embargo, el caballero no pudo reaccionar y en breves instantes el tiburón salió disparado del medio acuoso para zamparse al orco despistado. El animal se veía que estaba poseído por algún gran mago cuya fuerza se desconoce. Éste tenía unos dientes muy afilados y entre ellos había un diente dorado que escupía veneno amarillo. El compañero del guerrero intentó matarle y arrebatarle el cuerpo de su compañero, pero el Mesías dijo gritando:
- ¡Alto! Yo mismo mataré al tiburón, y ya de paso le quitaré su patético diente dorado.
El mesías atravesó el cuerpo del tiburón de un solo puñetazo en la papada.
El Mesias observó que el guerrero era un cobarde y le dijo gritando:
- ¡No me sirves escoria! ¡Tanta fanfarronería y luego nada!
¡Ahora conocerás el filo de mi espada!
Cuervo le asesto un golpe de espada:
-¡Muere!
Le partió por la mitad y le dijo a su ejército y generales que les sirviera de lección a todos que no quería ningún cobardes en aquel grupo.
Todos respondieron al unísono:
- Si señor
Cuervo se reservaba un elixir de la vida para el final de una horrorosa batalla.
El Mesías y su poderoso ejército se alejaron más del lago rencor. Seguían caminando hasta que llegaron a la puerta principal de la ciudad humana. Pero la puerta la protegían dos soldados humanos con dos lanzas, una en cada mano. Antes de entrar en la ciudad humana se escondieron para no hacer ruido y se pusieron en un lugar estratégico para escuchar los movimientos de los humanos. Entonces al Mesías se le ocurrió una idea y se la comunicó a los demás:
- Bueno, tengo una idea, los matamos de noche cuando estén dormidos.
- ¡Vale Señor! Lo haremos a la noche- Le respondieron los soldados.
Dos horas más tarde uno de los guardas de la puerta humanos dijo:
- ¡Jo tío tengo ganas de orinar! ¡Ahora vengo!
- Vale, pero no tardes mucho que esta empezando a oscurecer.
-
El Mesías cogió la ballesta ya que el soldado encargado no estaba en su puesto. La cargó y apuntó a un soldado que estaba protegiendo la puerta y le dijo:
-!Muere bicho feo!- Le dijo lanzándole la flecha y matándolo al instante.
Cuervo se acercó y vio que ya estaba muerto y con su espada le cortó la cabeza. Salpicaba mucha sangre como si fuera una fuente. El soldado que fue a orinar volvió a su puesto y al ver a su compañero muerto y sin cabeza exclamo:
-¡Oh! ¡No! Que diablos pasa aquí. Guar....
El Mesías apareció rápidamente y con su espada le corto la cabeza antes de que pudiera decir nada más. Después él mismo guardo las dos cabezas. Los batallones se acercaron y algunos soldados dijeron:
-¡Jo tío! No les has dejado ni respirar.
- Bueno, para que se enteren de quien soy yo- respondió Cuervo chulescamente.
Los batallones sacaron el ariete para romper la puerta pero el Mesías no llego a darse cuenta y casi le atropellan. El basto ejercito de orcos se propuso echar la gigantesca puerta de madera y hierro abajo. Todos ayudaban a levantar y empujar de aquel ariete de unos 30 metros de largo. Todos menos los generales y el Mesías que dictaban ordenes mientras tanto para organizar los batallones. El Mesías pensaba que era mejor que lo hiciera el solo, puesto que tenía mucha más fuerza que todo el ejército de orcos. Cuando los soldados vieron que era imposible abrir la puerta, cansados se sentaron junto al tronco. Entonces con una maravillosa fuerza cuervo levantó todo el ariete y de un solo empujón abrió la puerta dejando a todos los soldados pasmados.
Entonces grito:

- Vamos para dentro, la masacre va ha comenzar. ¡Uno, dos , tres! ¡Yaaaaaaaaaaaaaaaa!
Los humanos de detrás de la puerta oyeron a los orcos gritar. Uno vio la puerta rota, otro se dirigió hacia la casa de los generales humanos para avisar de la invasión. Cuando éste llego y le comento al general lo sucedido el general le preguntó:
- ¿Cuántos son?
- Más de una centena.
La caballería pesada cargaba muchas armas y muy bien afiladas y bien trabajadas para el oficio de la guerra. Estos guerreros utilizaban con gran destreza las artes de la ballesta y la espada. Estuvieron entrenando desde la edad de cinco años hasta hoy en las escuelas de lucha de los orcos. Era un ejercito de verdaderos guerreros.
La super espada del gran Mesías estaba muy afilada, pero ésta estaba cubierta de una oscuridad maligna parecida a la de la capa negra.
Su ballesta tenía una precisión extrema, puesto que allí donde se apuntaba la flecha siempre acertaba. Las punta de las fechas que salían de ésta estaban impregnadas con un veneno cuyo secreto de curación estaba bien guardado entre los sacerdotes orcos. Si a un ciudadano se le calvaba en la pierna se moría al instante, porque el veneno circulaba por las venas con gran rapidez hasta alcanzar letalmente el corazón quemándolo y después de un gran sufrimiento para la victima, ésta explotaba.

Hacia el mediodía llegaron a un río cercano del lago rencor. Aquí un caballero pesado fue a beber su agua, porque tenía mucha sed. Otro guerrero fue a mirar el agua y descubrió que ésta se ponía de un color muy colorado: parecía sangre. Observó en su interior un tiburón que merodeaba peligrosamente. Sin embargo, el caballero no pudo reaccionar y en breves instantes el tiburón salió disparado del medio acuoso para zamparse al orco despistado. El animal se veía que estaba poseído por algún gran mago cuya fuerza se desconoce. Éste tenía unos dientes muy afilados y entre ellos había un diente dorado que escupía veneno amarillo. El compañero del guerrero intentó matarle y arrebatarle el cuerpo de su compañero, pero el Mesías dijo gritando:
- ¡Alto! Yo mismo mataré al tiburón, y ya de paso le quitaré su patético diente dorado.
El mesías atravesó el cuerpo del tiburón de un solo puñetazo en la papada.
El Mesias observó que el guerrero era un cobarde y le dijo gritando:
- ¡No me sirves escoria! ¡Tanta fanfarronería y luego nada!
¡Ahora conocerás el filo de mi espada!
Cuervo le asesto un golpe de espada:
-¡Muere!
Le partió por la mitad y le dijo a su ejército y generales que les sirviera de lección a todos que no quería ningún cobardes en aquel grupo.
Todos respondieron al unísono:
- Si señor
Cuervo se reservaba un elixir de la vida para el final de una horrorosa batalla.
El Mesías y su poderoso ejército se alejaron más del lago rencor. Seguían caminando hasta que llegaron a la puerta principal de la ciudad humana. Pero la puerta la protegían dos soldados humanos con dos lanzas, una en cada mano. Antes de entrar en la ciudad humana se escondieron para no hacer ruido y se pusieron en un lugar estratégico para escuchar los movimientos de los humanos. Entonces al Mesías se le ocurrió una idea y se la comunicó a los demás:
- Bueno, tengo una idea, los matamos de noche cuando estén dormidos.
- ¡Vale Señor! Lo haremos a la noche- Le respondieron los soldados.
Dos horas más tarde uno de los guardas de la puerta humanos dijo:
- ¡Jo tío tengo ganas de orinar! ¡Ahora vengo!
- Vale, pero no tardes mucho que esta empezando a oscurecer.
-
El Mesías cogió la ballesta ya que el soldado encargado no estaba en su puesto. La cargó y apuntó a un soldado que estaba protegiendo la puerta y le dijo:
-!Muere bicho feo!- Le dijo lanzándole la flecha y matándolo al instante.
Cuervo se acercó y vio que ya estaba muerto y con su espada le cortó la cabeza. Salpicaba mucha sangre como si fuera una fuente. El soldado que fue a orinar volvió a su puesto y al ver a su compañero muerto y sin cabeza exclamo:
-¡Oh! ¡No! Que diablos pasa aquí. Guar....
El Mesías apareció rápidamente y con su espada le corto la cabeza antes de que pudiera decir nada más. Después él mismo guardo las dos cabezas. Los batallones se acercaron y algunos soldados dijeron:
-¡Jo tío! No les has dejado ni respirar.
- Bueno, para que se enteren de quien soy yo- respondió Cuervo chulescamente.
Los batallones sacaron el ariete para romper la puerta pero el Mesías no llego a darse cuenta y casi le atropellan. El basto ejercito de orcos se propuso echar la gigantesca puerta de madera y hierro abajo. Todos ayudaban a levantar y empujar de aquel ariete de unos 30 metros de largo. Todos menos los generales y el Mesías que dictaban ordenes mientras tanto para organizar los batallones. El Mesías pensaba que era mejor que lo hiciera el solo, puesto que tenía mucha más fuerza que todo el ejército de orcos. Cuando los soldados vieron que era imposible abrir la puerta, cansados se sentaron junto al tronco. Entonces con una maravillosa fuerza cuervo levantó todo el ariete y de un solo empujón abrió la puerta dejando a todos los soldados pasmados.
Entonces grito:

- Vamos para dentro, la masacre va ha comenzar. ¡Uno, dos , tres! ¡Yaaaaaaaaaaaaaaaa!
Los humanos de detrás de la puerta oyeron a los orcos gritar. Uno vio la puerta rota, otro se dirigió hacia la casa de los generales humanos para avisar de la invasión. Cuando éste llego y le comento al general lo sucedido el general le preguntó:
- ¿Cuántos son?
- Más de una centena.

5 comentarios:
Esta chulisimo haber que pasa animo
Los dioses de lo olimpo
Esto es la ostia muy emocionante
Esto es un cuento y lo demas es tonteria
bueno ya estamos impecientes de ver como sigue.... haber cuando publicas los siguientes ok. un beso ESTHER
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