Los humanos de detrás de la puerta oyeron a los orcos gritar. Uno vio la puerta rota, otro se dirigió hacia la casa de los generales humanos para avisar de la invasión. Cuando éste llego y le comento al general lo sucedido el general le preguntó:
- ¿Cuántos son?
- Más de una centena.
El general humano avisó a todo su ejercito y dijo en ese momento:
- Qué nadie se mueva hasta que yo lo ordene. ¡Me habéis oído bien!
- ¡Si, Señor! - Dijeron todos los soldados a la vez.
Sonaron las campanas de guerra y todos los soldados fueron hacia el general Lagarto. Algunos llegaban con los pantalones bajados porque acababan de levantarse de sus camas.
No había tiempo para distracciones. Los apestosos orcos ya habían atravesado la muralla del poblado. Algunos humanos ya habían conocido el sabor de la muerte alimentada con la roja sangre que se filtraba por la tierra. La lucha iba a comenzar y estaba en juego el equilibrio del poder de la península Ikañi. En caso de que ganasen los orcos la península Ikañi se sumiría en un negro manto de poder orco y pronto la epidemia orca podría colonizar todo el mundo.
Los humanos se vistieron rápidamente con las armaduras y cogieron armas bien preparadas por los artesanos y armeros de la corte. Se pusieron en formación miles de humanos frente a las terribles tropas orcas. Esta vez las mujeres humanas también tomaron parte de la guerra, puesto que el futuro de Ikañi estaba en juego.
Sonaron las trompetas y un rugido estremecedor surgió de ambos bandos. Miles de humanos y miles de orcos conocerían la terrible muerte. Los humanos tenían más posibilidades de salir perdiendo en la guerra, puesto que el campo de batalla se situaba junto a sus propias casas. Todos sus hogares quedarían destrozados. Sin embargo, ellos conocían mejor el terreno de los orcos.
Cuando los generales dieron el aviso mediante un grito de guerra las tropas comenzaron a abalanzarse rápidamente y sin piedad. Pronto las espadas comenzaron a chocar unos contra otros. El ruido del acero humano contra el acero orco ensordeció los gritos de la población humana guarecida entre muros.
Mientras, cuervo y su sequito se encargaron de la detestable tarea de arrasar el pueblo humano. Destrozaban casas con espadas y las quemaban con el fuego de las antorchas.
Los habitantes de las casas gritaban mucho entre aquella barbarie. Sin embargo cuervo no sentía ninguna pena, la capa hizo que olvidara su origen.
Llegaron a la última casa de la calle principal. Allí una mujer solitaria esperaba gente a la puerta principal. Cuando vio a Cuervo pronunció su nombre. Cuervo se quedó sorprendido. No conseguía recordar a aquella mujer, sin embargo, intuyó que ella le conocía muy bien. A pesar de estos pensamientos, la capa negra le obligaba a quemar la casa y a matar a aquella mujer.
Diez soldados humanos se interpusieron en el camino de Cuervo.
- Largaos insectos, si no queréis sufrir las consecuencias- Les dijo.
- No nunca nos iremos.- Le respondieron.
Los miembros del séquito de Cuervo dijeron que ellos mismos se ocuparían de los soldados, pero Cuervo no les dejo. Cuervo se cargó a los diez soldados y sin piedad. Al último le clavó la espada en todo el ojo.
- Eso te lo mereces por ser un insecto.
El general Lagarto escuchó a la gente gritando y se pasó por entre las tropas para ver lo que pasaba. Cuervo iba a intentar quemar la casa hasta que apareció Lagarto, el general humano. Lagarto apareció justo a tiempo antes de que quemaran su casa y a su madre dentro. Se fijó bien y al observar un humano entre los orcos dijo:
- Pero quien anda aquí, pero si es el traidor de mi hermano pequeño.
Cuervo dijo que no era su hermano y que el general solo era un patético humano de pacotilla. Acto seguido, Cuervo soltó a su sequito de perros luchadores para que mataran al general.
El general se preparó y dijo gritando:
- ¡Vas a ver mi verdadera fuerza Elfa en mi interior! !Ahh!
El sequito fue a matarle pero Lagarto antes de que le mataran se convirtió en un poderoso elfo. El sequito de cuervo le propinó unos buenos golpes de espada pero a Lagarto no le producían ningún efecto. Lagarto dijo en esa ocasión:
- Hermanito tu sequito da pena. Acabaré con ellos en un segundo.
El sequito de Cuervo rodeó a Lagarto, pero el general mató a todos con su poderosa espada. Lagarto suspiró y sonrió maléficamente de lo fácil que era matarlos. Finalmente, Lagarto volvió a su estado normal de humano. Lagarto era humano pero tenía en su interior una fuerza de conversión de un poderoso elfo legendario. Cuervo se quedó impresionado al ver como se convertía en un elfo, ya que él era humano.
Mientras en la guerra morían orcos y pero las tropas eran interminables, era como si los orcos se construirían por una misteriosa máquina. Los humanos no podían más, algunos pedían refuerzos. Cuervo decía que su fuerza era inacabable. Cuervo y Lagarto luchaban los dos, eran buenos. Los dos gritaron y dijeron:
- Eres bueno Cuervo, eres el único que me hace luchar en serio.
- Ya lo se, y también lo eres, pero... ¡Yo soy mejor!
Un Mesías y un general luchando por Ikañi. El mesías quiere tiranizarlo, pero el general quiere liberarlo.
La mujer de la casa se preocupaba de la vida de los dos, ella se quedó tras la ventana de la casa por su seguridad, pero con la angustia de ver que uno de sus hijos moriría.
Cuervo le dio una patada a lagarto y éste se calló al suelo. Cuervo amenazándole con la espada le dijo:
- Estás acabado. No se quien eres. No se, si en verdad, como tu dices, eres mi hermano pero este es tu final y acabaré contigo.
- Yo soy tu hermano, Lagarto. !ahhhh!
De repente, Lagarto se convirtió en un grandioso elfo legendario. Cuando Cuervo le intentaba clavar la espada Lagarto rápido como un rayo se colocó detrás de cuervo y le propinó un puñetazo que hizo que cuervo perdiera la capa. La capa negra cayó a suelo junto al cuerpo de Cuervo.
Después tres segundos de inconsciencia recapacitó y empezó a pensar y a ser consciente de su situación y de todo lo que había hecho. Lagarto le insulto varias veces para que se levantara y volviera a la lucha. Lagarto vio la capa y notó que había algo en ella que le atraía. Como una voz que le llamaba y le decía que se la vistiera. Tentado por aquella voz se puso la capa, y se dio cuenta de su poder de elfo legendario se sumó al poder de la capa negra.
Cuervo mientras tanto tuvo tiempo de recordar de que estaba en su ciudad natal, y sintió un gran remordimiento de conciencia al ver que todo estaba en llamas. Todo aquello era por culpa suya. Este malestar y enfado provoco que su fuerza se triplicara y dijo gritando:
- ¡Maldita capa, eres la culpable! ¡Lo has puesto todo perdido! ¡Nadie destrozará la casa de mi madre!
Los dos corrían uno contra el otro. Cada cual arrastrando su espada y gritando a muerte.
Cuervo gritaba con fuerza para salvar Ikañi. Lagarto invadido por el poder maléfico de la capa solo quería matar a Cuervo. Los papeles se habían cambiado. Estaban cerca de la muerte. Lagarto levantó la espada antes que Cuervo. Lagarto sonrió porque estaba seguro de que esta vez lo mataría. Sin embargo, Cuervo logró revolcarse por el suelo y le clavó la espada en toda la tripa. Al final se cargó a su hermano. Lagarto calló al suelo desvanecido, había perdido todo su poder de elfo legendario volviendo a su estado normal. Cuervo le quitó la maléfica capa para evitarle el poder oscuro que emanaba y antes de que muriera saco su poción mágica y se la restregó por la herida del vientre. Lagarto resucito.
Entonces, Lagarto y Cuervo bajo un bonito cielo rojo se abrazaron como buenos hermanos. Cuervo le prometió a lagarto que ya no más se convertiría en malvado y nunca ayudaría a los orcos a destruir Ikañi. Lagarto le dijo a su hermano pequeño:
- Nunca nos volveremos a separar hermano.
Y Cuervo le respondió:
- De acuerdo, ahora juntos vamos a destrozar la capa antes de nos cree más problemas.
- ¡Vale! - Dijo Lagarto ilusionado.